
Quizás para muchos de vosotros no necesite presentación: nacido en Barcelona en 1966, Jordi Costa se atrevía ya desde pequeño con fanzines caseros sobre cine que realizaba a partir de recortes de periódicos. Con el tiempo se convirtió en un experto, no sólo en cine, sino en cómic y otros territorios de la cultura popular. Autor de algunos libros como "Hay Algo Ahí Afuera" o "Monstruos modernos", podéis leer críticas suyas en
El País y
Fotogramas. Para nosotros es un orgullo poder contar con Jordi Costa y su programa de
Crítica de cine en este nuevo curso. Os dejamos con una entrevista en la que podréis conocer alguna de sus pasiones. Bienvenido a la Escuela, Jordi.
Al margen de prejuicios o imágenes estereotipadas que podamos tener como consumidores de medios de comunicación, ¿qué es para ti un crítico?
Existe el tópico muy extendido que define al crítico de cine como un director frustrado. Quizás para favorecer la auto-estima, yo prefiero pensar en el crítico de cine como un espectador completo: un espectador profesional, alguien que, después de ver una película, elabora una lectura de la misma. Esa lectura nunca es definitiva: es, más bien, un diálogo con esa película, con su director y con otros posibles espectadores. Un crítico no es infalible, no es objetivo: quizás su única responsabilidad sea la de ofrecer una lectura interesante, enriquecedora. A diferencia de un espectador no profesional, tiene que ir al cine equipado con un buen bagaje cinéfilo: es necesario que su experiencia de espectador se relacione con su memoria del medio. También tiene que ser capaz de revisar sus prejuicios y, en lo posible, mantener las distancias con todo tipo de dogmatismos. En el mejor de los casos, un buen crítico puede ser un motor de cambio: alguien capaz de reconocer futuras direcciones del medio, identificar tempranas manifestaciones de excelencia... El mejor crítico es que el se arriesga en el juicio. Y el más fiable es el que se revela capaz de cambiar de opinión y revisar los juicios que su propia experiencia pondrá en cuarentena.
¿Cómo surgió tu amor por el cine? ¿Querer hacer cine te llevo a escribir sobre cine, como dice el tópico sobre el crítico como artista frustrado?
Supongo que el amor por el cine me surgió a edad muy temprana. De pequeño solía recortar los anuncios de los estrenos publicados en los periódicos para pegarlos en cuadernos y comentarlos con lo que no eran más que toscos resúmenes argumentales de las películas que había visto. Quizás la anécdota desmiente ese otro tópico que dice que ningún niño diría que de mayor quiere ser crítico de cine. Imagino que a esa edad no pensaba en ser crítico de cine, pero ese recorta y pega era una forma muy primaria de crítica de cine. Una vez, hablando con mi amigo Joan Navarro, que es editor de tebeos, coincidimos en recordar que, en los años de infancia, nos gustaba tanto leer tebeos como las secciones de texto que incluían esos tebeos: disfrutábamos tanto con los tebeos como con artículos que aportaban información sobre sus autores y personajes. Es probable que no fuéramos demasiado normales, pero, en cierto sentido, eso explica los caminos profesionales que hemos seguido en la vida adulta. De todo ello se puede sacar la conclusión de que es posible extraer placer de la teoría. Cuando algo te gusta mucho, hablar (o escribir) de ello es una forma de prolongar ese placer. La segunda pregunta ya te la he respondido antes, pero ahora se le puede dar una nueva vuelta: un crítico no es un artista frustrado, sino alguien que ha encontrado una estrategia para prolongar su placer de consumidor cultural. Ha habido críticos que se han convertido en artistas notables, pero un crítico también puede ser una forma de artista sin abandonar los márgenes de la teoría. Y, también, los mejores críticos no tienen por qué tener necesariamente el talento de practicar el arte que centra su oficio. Si a alguien le interesa saberlo: creo que no tengo ningún talento para convertirme en director de cine. Tampoco tengo ni las más mínimas ganas de hacerlo.
¿A quiénes consideras tus maestros dentro de la crítica?
Me gusta mucho leer crítica de cine y creo que leer a otros críticos, no necesariamente cercanos a tu manera de ejercer el oficio, es algo que todos los profesionales de esto deberíamos hacer. Eso sí, no diré que hacerlo sea siempre enriquecedor. Para mí, el gran referente de la crítica cinematográfica en España ha sido José Luis Guarner. He aprendido mucho leyendo a Marcos Ordóñez (que, ante todo, es crítico teatral, aunque sus escritos sobre cine son brillantes), a Carlos F. Heredero, Tony Rayns, Jonathan Rosenbaum, J. Hoberman, Kim Newman, Tim Lucas... Es delicado hablar de maestros cuando la enseñanza se da, por decirlo de algún modo, en diferido, leyendo los textos de esos críticos que han despertado su interés: quizás algunos te repudiarían como discípulo si supiesen que les consideras un referente. También leo con interés y placer a muchos compañeros y casi siempre se aprende algo de una buena crítica, elaborada y arriesgada, que te lleve la contraria. Mencionar nombres es injusto, porque siempre se queda alguien fuera de cuadro, pero sí me gustaría dejar claro que, en ocasiones, puedes extraer un gran placer como lector de críticos que no tienen demasiada afinidad con las estéticas que tú sientes más cercanas. Un buen ejemplo es Gonzalo de Lucas: últimamente, he aprendido mucho leyéndole. Y, por supuesto, no creo en jerarquías basadas en la veteranía o el prestigio del medio en que aparecen: me parece muy enriquecedor ejercer la crítica al mismo tiempo que blogueros tan afines y lúcidos como Absence (de
El blog ausente) o Alvy Singer (de
El rincón de Alvy Singer).
¿Crees que la "democratización" de la crítica a través de foros en Internet de cine, literatura o música pone en cuestión el modelo de los crítica en las publicaciones tradicionales, ya sean generalistas o especializadas?
El tema es muy complicado y creo que tiene que abordarse en relación con la crisis que vive la industria de esas publicaciones tradicionales. Dicha crisis pone en peligro, entre otras muchas cosas, la figura del crítico profesional y, por supuesto, la del periodista profesional. No estoy capacitado para encontrar la solución al problema de la supervivencia del periodismo profesional cuando los medios en papel desaparezcan y la información se difunda únicamente en soporte digital, aunque confío en que esa solución exista. Por otro lado, cerrarse en banda a esa democratización de la opinión que propicia la era digital me parece algo retrógrado. No obstante, todos sabemos que todo el mundo tiene una opinión (y tiene derecho a formularla), pero que no toda opinión es interesante. En realidad, el mejor (y el único) instrumento que tiene un crítico es su discurso y ese discurso es su identidad. Y será esa identidad la que lo convierte en un crítico interesante, digno de ser leído y ser tenido en cuenta. También sabemos que esa teoría no siempre alcanza una formulación ideal en la práctica: las voces críticas más interesantes no son siempre las que alcanzan una mayor popularidad o una mayor difusión. Precisamente, esa democratización de la crítica ha hecho que, en zonas marginales de la red, surjan nuevas voces muy interesantes, mientras ciertas formas de la crítica que subsisten en las publicaciones tradicionales siguen ancladas en lugares comunes e ideas fosilizadas que, en el fondo, no son más que vicios gremiales, inercias de un oficio que debería huir de toda inercia.
¿Cuáles son tus pasiones cinéfilas (confesables e inconfesables)?
Muchas. Soy omnívoro y politeísta. Quizás sea más interesante que hable de lo supuestamente inconfensable, que para mí siempre ha sido confesable: nunca le he hecho ascos a los subsuelos del cine; es decir, a lo que no está legitimado por el prestigio. Con esto no quiero decir que me guste todo. Siento una especial debilidad por la comedia, el cine de terror y la ciencia-ficción. Y, por supuesto, tengo mis fobias, que, dichas en voz alta, a veces causan la alarma de algún cinéfilo ortodoxo. Dado que ninguna de esas fobias es monolítica, ni definitiva, mejor que, de momento, no las manifieste por aquí.
Has cultivado el ensayo sobre diversas facetas de la cultura popular con Hay algo ahí fuera (sobre el cine de ciencia ficción), Mondo Bulldog (catálogo de diversas emanaciones de la llamada cultura basura) y El sexo que habla (sobre el cine porno) o la biografía con tus análisis de la obra de los directores Carles Mira y Todd Solonzd, ¿guardas en el cajón cuentos o novelas?, ¿escribes ficción?
En el cajón guardo poco o nada, porque quizás no soy muy disciplinado, pero sí, escribo ficción, que he publicado de manera muy dispersa e irregular en libros colectivos. Espero poder disciplinarme para poder terminar una novela que llevo años esbozando. La ficción me infunde un respeto que a menudo se traduce en bloqueo.
¿Cuáles son los escritores que más te gustan o que más te han influido? ¿Qué estas leyendo ahora?
Ahora estoy leyendo
El erotismo de Bataille. Y hoy te diría que los escritores que más me gustan son Witold Gombrowicz, J. G. Ballard, Francisco Casavella, Eduardo Mendoza, Thomas Pynchon, Truman Capote, Oakley Hall, Marcos Ordóñez, Fredric Brown, Gene Wolfe, Cormac McCarthy, Quim Monzó, Sergi Pàmies, Robert Coover, Borges, Rodrigo Fresán y John Barth, pero básicamente porque los tengo asociados a recientes horas de placer lector. No me gustan las listas cerradas. Y mis lagunas no son lagunas: son océanos. No viviré horas suficientes para agotar la provisión de posibles descubrimientos tardíos.
¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender -y enseñar- a escribir?
Lo que creo es que el secreto de todo arte y de todo oficio se resume en la siguiente máxima: trabajo, trabajo y trabajo. No me veo capaz de negar que haya gente con una suerte de predisposición innata al talento, pero sí estoy convencido de que, incluso el artista más tocado por el genio, no dejará nunca de aprender. La curiosidad es el motor del talento. Y quizás la muerte creativa tenga que ver con la renuncia al placer de aprender.
¿Qué significa para ti tu labor como profesor?
Creo que como profesor no tengo fórmulas, ni respuestas infalibles para convertir a un alumno en buen crítico. Confío, no obstante, en hacer posible que ese alumno se formule las preguntas adecuadas para llegar a serlo. Ante todo, la labor como profesor es un medio idóneo para transmitir una pasión y, si todo va bien, para aportar algunas claves útiles para ejercer un oficio fascinante en un momento irrepetible para hacerlo: el proceso de radical transformación de los modos de consumo, exhibición, distribución y creación de lo que se ha dado en llamar séptimo arte, pero que, si no nos dejamos llevar por el entusiasmo, es narración (o poesía, o ensayo) a través de imágenes en movimiento.
¿Qué esperas aportar a tus alumnos en el curso sobre Crítica de cine? ¿Cuál es tu nivel de exigencia?
Ante todo, pasión por este oficio, interés por el cine, curiosidad por su Historia y entusiasmo por las posibilidades de su presente y de su futuro. Mi nivel de exigencia es alto, pero esa exigencia no tiene que ver con ninguna convicción de que exista una sola forma correcta de hacer las cosas. Lo más importante es que el alumno sepa que es muy fácil simular ser un crítico de cine, pero serlo es algo tremendamente difícil. También placentero, por supuesto. El perfecto objetivo es que al final del camino los alumnos no parezcan críticos de cine, sino que lo sean, aunque no necesariamente ejerzan.
¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos?
¿De qué otro modo se puede considerar la enseñanza? La enseñanza es siempre un diálogo y, si todo discurre de la mejor manera posible, al final del recorrido el profesor se habrá llevado tanto a casa como sus alumnos. Para que se dé esa situación ideal, es importante que el alumno no vea en el profesor a una especie de autoridad irrefutable, sino a una suerte de guía empeñado en llevarte a un sitio con unos mapas que no están libres de errores, aunque alguna vez han sido útiles.