
Mi querido amigo: Hikaru ha muerto. Alguien lo dijo esta mañana a la salida de misa. Cuando empezaron a tocar las campanas, con esos golpes sordos, como de gong. La anciana japonesa que nunca logró pronunciar la "r", nos dejó de madrugada, cerró su puerta a la vida.
¿Te acuerdas cuándo llegó al pueblo? Teníamos quince años. La vimos bajar del coche, parecía una princesa fuera de su palacio. Su kimono de seda negro, con ramilletes de grosella roja, me pareció el vestido más bonito que nunca había visto. Don Ramón, el maestro de la escuela de secundaría, al cual tú odiabas, se había casado con Hikaru en el país del sol naciente. Donde tú querías vivir. Recuerdo verla pasear por el camino de San Benito, con su sombrilla abierta llena de pájaros de colores entre cerezos blancos. Llevaba el moño adornado con pequeños elefantes de jade. ¿Recuerdas su cara? Estaba siempre muy blanca por los polvos de arroz. Se inclinaba al saludar en forma de pequeña reverencia. Dejaba escapar una sonrisa en la que no se veían los dientes y sus ojos rasgados casi llegaban a cerrarse.
Hikaru se hizo nuestra amiga. Íbamos a dar clases extras, de lenguaje, con Don Ramón y al final siempre nos quedábamos un rato más. Creo que estabas enamorado de ella. Nunca me lo dijiste, pero lo sabía. Me di cuenta una tarde cuando te pillé expiándola. Mirabas cómo se peinaba. El espejo reflejaba su imagen. Observabas como se recogía el baigani* y se lo sujetaba con el kogai*. Tus ojos, al mirarla, tenían luz. Confieso que tuve celos. Yo te quería a ti. Sí. Como se quiere a los quince años, con un nudo en el estómago y sensación de vértigo permanente cada vez que estabas junto a mí.
Nos enseñó a preparar el té. Hoy lo sigo preparando igual. ¿Recuerdas la ceremonia? Sólo la hacíamos alguna vez. Podía durar cuatro horas. Era todo un ritual. Como una danza en la cual las manos, las miradas y las palabras están estudiadas para actuar en el momento justo. Era la ceremonia de la convivencia, nos acercábamos unos a otros.
Nos poníamos un Kimono dorado que nos regaló y nos sentábamos sobre los talones para tomar el té caliente y oloroso. Ella recitaba las palabras sagradas en japonés y el agua entraba y salía de una jarra a otra. Añoraba su país. Cuando nos relataba historias de su vida allí los ojos se le velaban de lágrimas que no llegaban a caer, se quedaban escondidas entre sus párpados.
Cuando he oído la noticia he corrido a escribirte. Algo de cuento de geisas termina con ella.
"Mi nomble, quiele decil cielo en vuestlo idioma," nos dijo una tarde mientras nos enseñaba palabras en japonés. He encontrado la lata en la que guardó los vasos del té cuando te fuiste. La tenía en su armario, envuelta en el kimono con el que la vimos la primera vez. Al abrirla se ha desprendido un olor a vainilla y a rosa que quedó colgado en mi memoria para siempre. En la lata también estaba la pulsera de juncos que hiciste para ella. La piedra negra que encontramos una tarde en el río y le regalaste. Los dibujos que le hicimos una vez por su cumpleaños. El trocito de pelo que nos corto cuando le dijiste que te marchabas del pueblo y lo colocó junto a otro suyo para simbolizar que siempre estaríamos juntos. Y una bolsa de peladillas, sin abrir, que le trajimos de aquella excursión. Al fondo, doblada por cuatro partes, estaba la carta que le escribiste cuando llegaste a Japón. Lloramos juntas durante mucho tiempo. Supongo que yo te añoraba a ti y ella añoraba el país al que tu ahora pertenecías. Todavía me produce angustia ese recuerdo. También aparece el libro de haikus que Hikaru nos leía en japonés. Aquellas palabras que aprendí de memoria.
Sin mi viaje
y sin la primavera
Me abría perdido este amanecer
(Shiki)
Nos leía estos pequeños poemas con los ojos ausentes y lejanos. Las ilustraciones de flor de loto, de lunas y montañas han perdido el color. Al final su corazón dolorido y rezagado volvía a nosotros.
Ahora tendrán que recoger los farolillos de papel rojo que han quedado colgados del porche de su casa. Y en primavera, los cerezos del jardín volverán a florecer, y parecerán cubiertos de nieve recién caída.
Me ha llamado el alcalde, Manuel, y me ha dicho que está todo dispuesto para devolverla a su país. Lo había dejado escrito nuestro viejo profesor. Tanto la quería. Siempre supo que sentía una gran nostalgia por los suyos, pero se quedó con él. Será enterrada a la sombra del Fuji Yama, entre Oriente y Occidente, como siempre vivió.
Espero que esta carta llegue a tiempo para que puedas ir a recibirla y acompañarla en el último tramo del viaje. Se ha ido, pero siempre permanecerá en nuestras vidas.
Desde que te fuiste
Ya no hay flores en la tierra.
(Soseki)
Como siempre... muchos besos y muy fuertes desde aquí.
Sayonára, Hikaru.
*Baigani: moño
*Kogai: algo parecido a las horquillas, para sujetar el moño.
Nota: Carta finalista del VI Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor