
Hacía un calor de pucheros puestos a cocer cuando el forastero arribó al pueblo. Los niños que jugaban en los charcos y las comadres que se guarecían en sus porches de los ardores de aquel agosto en llamas fueron los primeros en verlo llegar por el camino embarrado.
Los hombres lo descubrieron luego, cuando, atraídos por un inusual rumor de novedad, dejaron de enjuagar en la cantina los sopores del día y todos a una salieron a la calle.
Era un hombretón fornido, de andares resueltos y sombrero desgastado por mil intemperies, que arrastraba a la espalda un grueso macuto.
?Se me echó el tiempo encima ?dijo al llegar hasta ellos?. ¿Tendrían un sitito para pasar la noche?
El grupo de hombres agolpado junto a la puerta de la tasca examinó al extranjero con interés: su pelo rojizo recogido en una cola bajo el sombrero, el estropicio de sus botas enlodadas, la barba enredada de sol. Su acento era indescifrable, trenzado de gentes y lugares ignotos, y en sus ojos latía la fiebre de tantas noches pasadas al raso contando estrellas, que al instante supieron que había recorrido el mundo muchas veces, y participado de sus insondables misterios también. Quién sabe si había visto a basiliscos y a esfinges aparearse en espesuras ahítas de niebla, o escuchado los gritos de los geniecillos que se solazan torturando libélulas, o sorprendido a unicornios pastar en los claros encharcados de luna. Las leyendas eran prolijas al relatar tales portentos, y más lo eran aún al referir los prodigios sin medida que estos trotamundos atesoraban en sus sacas tras una vida de viajes, así que, perdidos en sus ensoñaciones, las miradas de aquellos haraganes acabaron por remansarse en la bolsa que el extranjero cargaba a su espalda. Era bonita, de un material verde o azulado o gris que nunca nadie había visto antes; tenía un aspecto pulido y brillante como el de las piedritas de los ríos, y ya fuera por sus dimensiones de saca de rey mago o por la imaginación que ya había echado a volar, nadie tuvo dudas de que en su interior se escondían, en efecto, todas y cada una de las maravillas prometidas.
?Hable con el alcalde ?le dijo el más alto. Tenía un vozarrón cascado, de palabras como crujidos de ramas secas, y sus fantasías desbocadas le habían empañado la mirada?. Vive al final de la calle, en el único edificio de dos plantas; él sabrá dónde alojarlo.
Cuando el extranjero ya se disponía a marchar hacia allí, oyó al mismo hombre preguntarle?: ?¿Guarda en la bolsa alguna pócima para volar??.
La inocencia de aquella pregunta le hizo sonreír. ?Lo siento, está vacía?, dijo.
Aquella noche un ventarrón de lobos descendió aullando desde los ribazos. Los tejados de hojalata de las casuchas temblequeaban como si fueran a echar a volar, y los cables de teléfono, inservibles desde treinta años antes, se sacudían como cuerdas de saltar la comba por la embestida de aquel aliento feroz. En otras circunstancias, el pueblo entero habría atrancado las ventanas y se habría escondido debajo de las mantas; esta noche, en cambio, los vecinos se habían reunido en el comedor de la casa del alcalde.
?¡Fíjense qué ciclón! ?dijo una vieja?. En mi vida vi cosa igual.
?Los demonios andan sueltos ?dijo otra, persignándose.
?Justo el día que el forastero llegó ?dijo el borrachín alto que esa tarde había preguntado lo del brebaje.
?¿Qué insinúa, pendejo? ?dijo el alcalde. Le desagradaba compartir su casa con aquella chusma desvelada, pero, sin saber cómo, este alcahuete y su mujer habían convencido a los demás de la urgencia de la reunión.
?Un maleante desgreñado nunca trae nada bueno ?dijo la mujer del borrachín, apretándole la mano al marido?. Pero lo peor sería que alguna de las historias que cuentan sobre ellos fuera cierta.
La frase pareció espesarse en el aire, amenazadora como un nubarrón de tormenta, y varias de las cabezas se giraron para espiar las sombras que tenían detrás. Quizá eran cuentos de viejas, sí, pero estaban tan arraigados que hasta el alcalde dudó de que fueran sólo supersticiones.
?¿Y qué propone? ?dijo?. Esta tarde hablé con él y les aseguro que no me pareció ningún hechicero.
?Cuéntales lo que me dijiste ?graznó la mujer del alcalde.
?Le di permiso para usar el cobertizo que hay detrás de la casa de Emiliano. Luego le pregunté si guardaba en el macuto algo extraordinario que pudiera enseñarme. ?Ocurren tan pocas cosas en este pueblo ?le dije?, que la rutina acabará oxidándonos el entendimiento?.
?¿Y qué dijo él? ?preguntó alguien.
?Nada. Sólo que su macuto estaba vacío.
?¿No lo ven, compadres? El fulano esconde algo ?dijo el borrachín. Parecía satisfecho, pletórico, como si la razón hubiera acabado por besarle la frente.
Un mar de cabezas cada vez más embravecido asentía a su alrededor.
?El vendaval lo desató él ?dijo de súbito una vieja de cien años a la que de joven se le había aparecido la Virgen. Todos contuvieron la respiración para oírla?. Esta tarde, cuando el forastero llegó, una brisa helada me sacudió del sueño; luego oí a un gallinazo chillar tres veces.
?Su pelo es tan rojo como la sangre ?añadió una voz.
?Y su mirada da miedo ?dijo otra.
?Vayamos entonces a ver qué guarda en la saca. Si el que ahora mismo duerme en nuestro cobertizo no es el diablo nada debemos temer. Pero si no es así y nos quedamos de brazos cruzados, esta ventisca que se ha desbarrancado sobre nuestras cabezas será el menor de los males.
Decidieron enviar a dos hombres a robar la bolsa. Si no encontraban nada raro dentro, la devolverían a su lugar sin hacer ruido y santas pascuas. En caso contrario, Dios no lo quisiera, avisarían a los demás haciendo sonar un silbato y luego ya verían.
Cuando llegó la hora de elegir a los ladrones, el temor tremolaba en las caras de los presentes como un fuego fatuo. Pero, para sorpresa y alivio de todos, el borrachín y uno de los amigotes de la cantina con quien ensopaba las tardes en ponche se presentaron voluntarios.
?No padezcan, carajo ?dijo el borrachín, con un ánimo fuera de toda duda, cuando iban a marchar?. Ya verán que en media hora estamos de vuelta.
Cuando los valentones salieron de casa del alcalde, el viento había convertido en látigos las ramas de los árboles y echado a volar por los aires tendederos enteros de ropa. El cobertizo de tablas era, al final de la calle, sólo un manchón de sombras encogido por el huracán.
?No ha sido tan difícil convencerlos ?dijo el amigo.
?Son estúpidos, compadre ?dijo el borrachín?. Y ahora no me sea huevón, y concéntrese en lo que queda por hacer.
Amparados por las tinieblas, el borrachín y su amigo cruzaron en brazos de la galerna los sesenta metros que los separaban del cobertizo.
?Recuerde ?dijo el primero?: nos lo cargamos a machetazos, escondemos los tesoros y luego tocamos el silbato; les diremos que en verdad era un diablo escapado del infierno, y que nos atacó escupiendo azufre. Mientras ellos se santiguan, nosotros nos sonreiremos por el botín.
Entraron a rastras, uno detrás de otro, por el resquicio que dejaban unas planchas de madera desclavadas. La saca estaba al fondo, apoyada sobre una bala de forraje. Iluminada por un débil resplandor plateado, los dos hombres casi podían sentir los amuletos mágicos y las plumas de fénix y las piedras lunares que palpitaban en el interior. Del extranjero, en cambio, no había ni rastro, pero la codicia era un fuego demasiado apremiante así que, sin tiempo que perder, reptaron hasta ella.
Apenas alcanzaron a oír un resollar de bestia respirando tras ellos, y ya las tripas de ambos se habían desparramado por el suelo arrancadas de cuajo. El compadre del borrachín aún pudo soplar el silbato antes de desplomarse, pero con los pulmones convertidos en jalea caliente por el desgarrón tremebundo, y con la locura del viento azotando el cobertizo por los cuatro costados, del sonido no quedó más que un jadeo quebrado. El otro, en cambio, tuvo tiempo de darse la vuelta y ver, con los ojos desmesurados por el asombro y el terror, a la enorme fiera de pelo rojizo que acababa de arrancarle el alma de un zarpazo. Y comprendió, con el último aliento que le quedaba de vida, que aquella criatura de ojos ígneos era vieja, mucho más vieja aún que las propias leyendas que la habían inventado; y supo también que aunque su edad y poder eran incomparables, a menudo se detenía a descansar, como un trotamundos, en pueblos dejados de la mano de Dios como éste, hasta que a la mañana siguiente reemprendía en paz y en silencio su peregrinar de siglos, dejando tras de sí, aletargados en el fragor de sus sueños, a los caritativos vecinos que le habían procurado cobijo.
Nota: Cuento finalista del I Concurso de Plagio Creativo