
Cuando a alguien le llega la hora en aquella extraña ciudad se entera porque un día el teléfono
de su casa empieza a sonar de forma muy insistente. El futuro difunto descuelga, alarmado por
esa impaciencia que no presagia nada bueno, y al otro lado una grabación escupe sin más
preámbulos su canción favorita.
Al principio pensará en lo agradable que resulta saborear de nuevo ese tema que tan buenos
recuerdos le trae, pero luego, como si un delicioso caramelo se le quedara atravesado en la
garganta sin previo aviso, no tardará en entender el verdadero alcance de la llamada. Es hora
de entregar el equipo, de comprar el pasaporte, de cerrar el chiringuito y rezar lo que se sepa.
Los responsables del Ayuntamiento de esa extraña ciudad se toman tan a pecho lo del
servicio "Teleinformación mortal" que llevan a cabo un riguroso censo anual de las canciones
favoritas de sus conciudadanos. Está todo previsto : de lunes a viernes, en horario laboral de
9 a 2 (si exceptúamos las consabidas pausas para el café) un millar de funcionarios altamente
cualificados registra cada título en un impreso de color amarillo pálido. Bebés, enfermos mentales
y sordos delegan obligatoriamente esa decisión en la persona de sus respectivos tutores legales,
mientras que los niños de más de tres años eligen provisionalmente una nana o cancioncilla
educativa de la cuidada selección preparada al efecto por un equipo de prestigiosos pedagogos,
y tienen derecho a cambiarla por otra, si es que llegan a cumplir los dieciocho.
Por último, los mayores de edad en pleno uso de sus facultades eligen libremente la
que prefieren de entre el amplio muestrario de canciones de todos los tiempos. Da vértigo,
pero hay que hacerlo pensando muy bien cuál es el tema que se selecciona, porque una vez
censado no es posible dar marcha atrás, y la canción elegida es la marcha fúnebre que le
acompañará a uno en su último viaje.
Ana había nacido en la extraña ciudad y desde niña pasó mucho tiempo rumiando su elección.
Fue una chica rara, de las que pasan horas enteras mirando un cristal lloroso o leyendo el libro
que han escrito en el interior de su cabeza. Ana reflexionaba tanto acerca de la muerte que acabó
convirtiéndose en una apasionada melómana. Así, mientras que las personas de su alrededor
optaban por hacerse las suecas y dejaban para el último momento lo de elegir "la dichosa cancioncita",
Ana pasaba horas y horas de pie en la tienda de discos más legendaria de la ciudad extraña,
escuchando pacientemente todo lo que caía en sus manos con aquellos cascos que le daban
la apariencia de una pequeña astronauta. De noche las melodías la acompañaban en cuanto
cerraba los ojos, y en lugar de imágenes inconexas Ana soñaba música, acordes fragmentados
que aparecían y desaparecían de pronto, con esa lógica interna que rige nuestros sueños.
Desgraciadamente su búsqueda resultó infructuosa, tal vez porque las cosas más importantes
se burlan con descaro de nosotros, juegan a la gallinita ciega y nos tapan los ojos con las manos
hasta que un buen día deciden que ha llegado el momento de dejarse encontrar. Así le sucedió a
Ana, que se dio de bruces con la Canción que necesitaba de la forma más tonta del mundo.
Pero qué diablos, pensó al ver aquel spot publicitario de vaqueros, esta es. Ni siquiera prestó
atención al desfile en blanco y negro de culos sinuosos envueltos en carísimos jeans de marca.
La música que sonaba de fondo lo envolvía todo con aquel piano que parecía encogerse de hombros
burlonamente mientras la voz negra de mujer afirmaba contundente que su chico estaba loco
por ella. Ana empezó a bailar por el salón como si llevara puesto un ajustado traje de noche
y dos vueltas de perlas al cuello, moviendo la cabeza insinuante, mirando a través de sus tupidas
pestañas postizas a la muerte enamorada, que estaba sentada entre el público. Sí, pues claro
que era aquella.
Años después, el teléfono de su casa sonó de pronto y, al descolgar, Ana descubrió
que Nina Simone era su interlocutora. Con un suspiro, dejó el auricular y se dispuso
a cumplir una serie de breves trámites antes de partir. Escribió dos rápidas notas de
despedida que dejó sobre la mesa, de forma que resultaran bien visibles. Después eligió
un traje bonito del armario, se sirvió una copa de la botella de vino que había comprado
para la ocasión y pulsó el mando a distancia del CD. Inmediatamente empezaron a sonar
el piano escéptico y la voz rasposa de aquella cantante de cabaret, inundándolo todo. Ana
se dirigió a la cocina siguiendo el ritmo de la música, dando pequeños sorbos a la copa que
llevaba en la mano. Frente al fogón, se alegró de no haber cambiado la cocina de gas por
una funcional vitrocerámica, como le habían aconsejado tantas personas de indiscutible sentido
común desde que alquilara el apartamento, y se inclinó para abrir la llave. Su muerte iba a ser
tan dulce y narcótica como la de aquella poeta inglesa de los años sesenta cuyo nombre no
recordaba. Después, con una media sonrisa dibujada en los labios se tumbó en el suelo y esperó.
La había conocido a última hora de la noche en aquella discoteca adonde fue a parar por
pura casualidad. Mientras se encendían las luces y los camareros cargaban las cámaras
habían intercambiado los números de teléfono a toda prisa. El chico que no era de aquella
extraña ciudad y partía muy temprano a la mañana siguiente, pensó que era una lástima separarse
de una chica que,a falta de móvil, le había tenido que dar el teléfono de casa. Se despidieron
al compás de una pegadiza canción de Nina Simone y justo entonces se le ocurrió que sería
bonito grabarla en un cd y dejar que sonara un buen rato, la primera vez que reuniera el valor
para llamarla.
Nota: Finalista del I Concurso de relato con banda sonora