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Equipo de la Escuela: Ángeles Lorenzo Vime
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| Entrevista realizada a Ángeles Lorenzo Vime en octubre, 2007 |
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¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender -y enseñar- a escribir? |
Yo parto del convencimiento de que todo se puede aprender, y de que todo lo que se puede aprender puede y debe enseñarse. O sea, que a escribir se aprende, desde luego: a base de escribir, de leer y de diseccionar los textos. Y es que la disciplina en la escritura es como cualquier otra: transformar el hacer en oficio requiere paciencia, mucho trabajo y también cariño.
También pienso que el aprendizaje procede siempre de una mezcla curiosa de humildad y ambición. Si no somos un poco humildes, si no nos dejamos influir por los otros y nos creemos que ya lo sabemos todo, entonces nada puede aprenderse; y, al mismo tiempo, es necesario tener la fe suficidente en uno mismo como para dedicarle a la escritura el tiempo que hay que dedicarle: mucho. Además, para asimilar lo aprendido hace falta un tiempo de maduración, y seguir machacando hasta que las cosas salgan de manera espontánea. Por eso es tan importante que los alumnos aprendan a escribir escribiendo: porque sólo la práctica lleva a una enseñanza auténtica; porque saberse la teoría no basta, tampoco en este caso, si no se interioriza lo esencial. Y eso, ya digo, requiere mucho tiempo y también madurez personal.
En todo caso, yo también creo que tener un cierto talento ayuda, desde luego. Pero tiene muchas más posibilidades de progresar quien estudia e insiste sobre lo que, en principio, quizá sea puro desconocimiento, que quien, teniendo algo de talento, no tiene posibilidades de cultivarlo, o quien no quiere, sea por pereza, por soberbia, por inseguridad... La frase "El escritor nace, no se hace", la verdad es que parece una frase propia de personas fatalistas: una excusa para quienes no se quieren hacer responsables de su destino, para quienes dicen que está todo escrito y no hay más que dejarse llevar; por miedo o por pereza, claro.
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¿Qué significa para ti tu labor como profesor? ¿Cómo y por qué comenzaste a impartir clase? |
Para mí es muy importante la enseñanza; me he dado cuenta recientemente de que, aunque llevo muchísimo tiempo dedicándome a esto, a veces no lo he valorado lo suficiente; y eso que es lo que siempre quise hacer.
Cuando acabé la carrera de Filología Hispánica, lo primero que hice fue sacarme el certificado de Aptitud Pedagógica pensando en prepararme para dar clases de lengua y, sobre todo, de literatura (de aquello en lo que me había especializado). Luego empecé a hacer el Doctorado, creyendo que sólo así conseguiría una filóloga hacerse un hueco en el mundo de lo literario: en la docencia y en la investigación, que también me interesa muchísimo. Llegué a la Suficiencia Investigadora, aunque la tesis la dejé, y una de las razones es que había tenido la suerte de encontrar, en cuanto acabé la licenciatura, un taller literario en el que dar mis primeros pasos, hace ahora doce años.
A partir de ahí, mientras continué estudiando los años siguientes, estuve trabajando en diferentes áreas de distintas escuelas de escritura literaria. A partir de esa primera oportunidad (y aprovecho para decir que se la debo la fundadora de esta Escuela, Isabel Cañelles, que, por cierto, también fue compañera mía en la facultad), ha habido temporadas en que he sido profesora de muchos grupos al mismo tiempo, a distancia y presenciales; y otras veces lo he sido sólo de uno o dos, como ahora mismo, porque he compaginado ese trabajo, el de la enseñanza, con otras tareas: la elaboración de materiales técnicos, la organización de cursos, incluso la dirección de mis propios talleres, hace tres años. El caso es que, variando en las actividades añadidas y salvando los obstáculos que han ido surgiendo, he seguido adelante, también -y sobre todo- como profesora de talleres. Y creo que he tenido mucha suerte: pocos filólogos de vocación trabajan en aquello que han estudiado.
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¿Cuál es tu relación con el resto del equipo de la Escuela? |
Tengo muy buena relación con los compañeros, en general; y hasta debo decir que algunos de mis mejores amigos están aquí. A veces, como responsable de los cursos presenciales de la Escuela, tengo la obligación de ver las cosas desde varios ángulos diferentes al mismo tiempo, no sólo como profesora. Pero el ambiente es siempre de cordialidad y de cariño, por encima de las divergencias de opinión que puedan surgir en lo laboral.
He dicho que la mayor parte de mis amigos forman parte de mi entorno de trabajo, sí; y es que nos unen preferencias e intereses comunes. A veces miro a mi alrededor, veo cómo son las relaciones laborales y personales de mucha gente por ahí, y me doy cuenta de que soy una auténtica privilegiada. Me enorgullece trabajar con personas que tienen sensibilidad, valentía y buen fondo, y que además colaboran de manera activa, mediante la literatura, en el crecimiento interior de las personas (y es que yo creo que lo artístico sí tiene su utilidad, aunque ésta sea poco cuantificable).
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¿Cuáles son las peculiaridades de tu metodología, aparte de la mecánica común a todos los talleres? ¿Te sientes libre a la hora de aplicar tu criterio pedagógico? |
Insisto mucho siempre en que sólo se aprende a escribir escribiendo. Como antes he dicho, pienso que ése es el único aprendizaje auténtico que cabe esperar: el que tiene que ver con la interiorización, con la repetición que crea hábitos y va modificando no sólo la escritura sino también -justo a la vez que la escritura- la mirada. En esto insisto mucho también: en que escribir le cambia a uno por dentro, poquito a poco, porque se van viendo más cosas y de maneras muy diferentes según se avanzan; sin darse cuenta, uno de pronto se encuentra buscando indicios debajo de las alfombras, tratando de explicarse el comportamiento de una persona, sus motivaciones, poniéndose en lugar del otro sin apenas haberlo buscado, fijándose en pequeños gestos y detalles de apariencia insignificante, inventándose historias por aquí y por allá… Entonces sabe uno que tiene ya mirada de escritor, lo cual no es poco.
Otro de los asuntos en que más incido, es en la idea de que uno tiene que escribir sobre lo que le interesa, sobre lo que de verdad le apasiona; no sobre lo que quieran los demás, por muy de moda que esté el asunto. Y eso, no obstante, es necesario hacerlo sin perder de vista que escribimos para que los lectores (algunos, al menos) nos entiendan: para trazar algún puente de comunicación en busca de los otros, de esos lectores ideales que querríamos tener.
También me gusta llevar a las clases de vez en cuando relatos sobre los que ejemplificar y que los leamos juntos. Y hacer continuamente recomendaciones de lecturas. Creo que es imprescindible que el escritor lea, que lea muchísimo. Creo, como decía Borges, que uno no se parece a lo que come, pero sí a lo que lee. Y lamento muchísimo (por cierto) que se lea tanta mala literatura; porque luego sucede que uno va y se parece a eso, lo cual puede ser un verdadero horror… Y encima, en el espejo, no se ve nada ;-).
Hay algo más que me parece imprescindible, y es que cada alumno aprenda a analizar sus propios textos, a tomar esa distancia necesaria, una vez que el relato está escrito y debe poder mirarlo con cierta frialdad para cortar de un lado, añadir de otro, buscar la expresión más certera, renunciar a ese lastre que a uno le salió al escribir, por puro afán retórico, pero que entorpece el discurrir del texto. Se trata de poner a la historia que se está contando muy por encima de uno mismo, su autor; es necesario verlo un poco de lejos, para poder enjuiciarlo en alguna medida y tomar las decisiones necesarias para mejorarlo todo lo posible. Es, sobre todo, un ejercicio de generosidad a partir del conocimiento.
Sobre el asunto de la libertad de cátedra, diré que sí, sin duda: en la Escuela seguimos un esquema esencial para cada curso, porque eso es necesario para unificar criterios, orientar al alumno y ayudarle a crecer de modo progresivo, entre todos; pero los profesores, por lo demás, tenemos muchísima libertad para poner nuestro toque personal en todas partes: tanto en la elaboración de materiales como en los comentarios a los textos, y en la propia dinámica de las clases.
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¿Qué les pides a tus alumnos cuando comienza el curso? ¿Y cuando termina? ¿Cuál es tu nivel de exigencia? |
Cuando empiezan, les pido que no se desanimen aunque hagamos crítica, que sigan escribiendo siempre; porque sólo se puede llegar a escribir algo bueno después de haber escrito mucho malo. Cuando el curso termina, les pido que haya ido sumando conocimientos, poco a poco, a ese entusiasmo a menudo ingenuo de las primeras clases. Y les pido, o al menos eso intento, que cada uno haya mejorado todo lo que, en su caso particular, haya podido mejorar: se trata de cada cual dé lo mejor de sí mismo en cada momento, no de que todos empiecen y terminen en el mismo sitio.
Mi nivel de exigencia depende del curso, en todo caso: del nivel que se marque en el curso en concreto, y del conjunto del grupo, también. No pido lo mismo, obviamente, en un curso de iniciación al Relato breve que en un curso de Novela. No es sencillo, pero procuro amoldar mi nivel de exigencia, según los distintos factores, también a cada alumno en particular, porque en los grupos nunca hay una total homogeneidad: cada alumno es distinto, y cada cual puede llegar a lugares diferentes según su situación concreta y el tiempo transcurrido. A veces lo más complicado es ayudar al alumno a situarse, a ponerse en disposición de aprender y de mirar sus propios textos al menos con esa pizca de distancia tan necesaria que antes mencionaba. Porque sólo desde ahí es posible crecer, y cada cual debe hacerlo a su manera.
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¿Qué clima te gusta y procuras que se cree en tus grupos de trabajo? |
Me gusta que aprovechemos bien el tiempo: poder deternerme en el análisis de los textos y motivar a los alumnos a que participen en ello, para que aprendan a diseccionarlos. Me gusta, por tanto, profundizar en el análisis. Supongo que eso crea un ambiente de serenidad, de reflexión pausada, o eso es lo que me gustaría, al menos. También me gusta que haya risas de vez en cuando: propiciar que, si la gente está relajada, se pueda hacer una broma, que se pueda reír uno de sí mismo cuando descubre que ha hecho con su historia lo mismo (exactamente lo mismo) que la semana anterior; que uno pueda bromear con sus fallos y que deje que los otros también bromeen (con buen tono siempre, desde luego) es algo que pienso que ayuda muchísimo. Por ejemplo, tuve una temporada en que yo bromeaba con castigar a los alumnos a poner un euro en la cestita de los caramelos cada vez que dijeran "yo" en lugar de "el narrador" o "la narradora": cada vez que se les olvidara que, en el momento en que empiezan a escribir, el autor y el narrador se desdoblan y que, aunque se escriba en primera persona, en ningún caso el autor (que es un ser real) debe identificarse con el narrador (que es un ser ficticio, siempre). Con esto de poner el euro o no ponerlo hicimos muchas risas durante el curso, y estoy segura de que la idea, por lo menos la idea, quedó clarísima. No creo que nadie de ese grupo pueda ya confundirse, cuando escribe, con el narrador; y lo pasamos bien aprendiendo eso, como otras muchas cosas… Aprender en un clima distendido es importante, porque entonces se interioriza todo de modo natural, sin presiones, sin daño. |
¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos? |
La enseñanza es un intercambio, inevitablemente. Otra cosa es que a veces a los profesores se nos olvide. Si realmente atendemos a las aclaraciones de la gente, aprendemos muchísimo sobre por qué se hacen las cosas de unas maneras o de otras: obtenemos la explicación que luego nos servirá para entender al otro, cuando se dé algún caso similar (que se dará, seguro). Por ejemplo, uno se da cuenta de que la causa más frecuente de que el alumno quiera introducir enfoques narrativos nuevos a cada paso, de que recurra a un exceso de fantasía (a soluciones bruscas e inverosímiles, quiero decir) a la hora de contar una historia, o de que busque un efecto sorprendente al final, casi siempre es la falta de confianza en la propia historia y en la propia capacidad de contarla. La inseguridad, y no el deseo de experimentación, es la madre de casi todos los errores propios de la primera fase de aprendizaje.
Y está claro que también aprendemos, los profesores, con cada texto que los alumnos nos leen y hasta con cada explicación que damos. Nuestro trabajo se readapta cada vez, porque debemos tratar cada texto como algo único, aunque lo hagamos a partir de las técnicas y de los recursos que vamos explicando y que son para todos; porque cada texto es distinto, cada opinión debe ser capaz de adaptarse y renovarse. Nuestro trabajo es muy creativo, sin duda, por mucho que intentemos fijar normas; y, cuando no lo es, cuando no somos capaces de adaptarnos a las necesidades que nacen con cada texto nuevo, seguramente es que nos hemos oxidado un poco.
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¿Cuáles son las cualidades necesarias, según tu opinión, para ser un buen profesor de un taller? |
Hay que tener paciencia, y también mucha imaginación. Cuando se lleva tiempo impartiendo cursos, realmente son muchas las veces en que los análisis de los textos y las explicaciones de los temas nos llevan a sentir que nos repetimos, por más que, como acabo de decir, cada texto sea nuevo y requiera una mirada especial. El caso es que por muy distintos que sean los relatos, uno sabe que está aplicando a menudo tácticas muy similares para, mediante el análisis, aclarar los conceptos básicos. En fin, que es necesario que el profesor busque también maneras de motivarse a sí mismo: elegir textos nuevos, inventarse ejercicios... Porque comunicar pasión por lo que se hace es algo tan importante como enseñar lo que son propiamente las técnicas y los recursos, tanto como hacer comentarios sagaces y, a la vez, animosos.
Pienso además que hay que ponerle cariño, y que se note. También pienso que ser un buen analista de textos es algo muy importante. Y ser flexible, por otro lado, porque la aplicación de las normas a un texto literario es algo que nada tiene que ver con la aplicación de una fórmula matemática: insisto en que cada historia requiere su análisis personalizado, y, aunque ahí nos encontramos con un riesgo importante en cada nuevo texto que afrontamos, también nos encontramos con la riqueza inagotable de la literatura. Es lo mejor de nuestro trabajo, pienso yo.
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Dentro de tu campo didáctico, ¿en qué partes te gusta profundizar? |
Como antes he dicho, me gusta analizar a fondo los textos; y que los alumnos participen. Me gusta, sobre todo, notar cómo van mejorando día a día en la observación de lo que es importante a la hora de revisar los escritos.
También me gusta explicar los aspectos teóricos importantes: explicar lo esencial de cada tema, para que los alumnos aprendan a hacer la disección del texto por donde debe hacerse: por la forma, por cómo está construida la historia, mucho más que por el qué se cuenta y los posibles juicios que ello pueda provocarnos. Y es que no se trata de opinar si estamos o no de acuerdo con los personajes, con la visión del mundo del narrador, etc.; se trata de observar si el texto comunica lo que quiere comunicar (más allá de decirlo), si está lo mejor construido posible, y si funciona también en cuanto a su sentido.
Yo creo que no hay que olvidarse nunca de que escribir requiere, además de técnica y ganas de contar algo, bastante sentido común. Suelo asociar, siempre que puedo, los recursos que explico con las cosas que nos pasan en la vida. Por ejemplo, para explicar el mejor modo de distribuir los detalles descriptivos por el texto, trato siempre de que caigan en la cuenta en que introducirlos entreverados en la narración, a pinceladas sueltas por aquí y por allá, es mucho más efectivo que dar una descripción en bloque, parando el tiempo en exceso, ralentizando el ritmo más de lo natural. Porque en la vida vemos las cosas mientras el tiempo transcurre, irremediablemente (el tiempo no se para nunca); las percibimos entremezcladas con las acciones que tienen lugar. De modo que contar algo alternando la acción con la descripción es lo natural, lo que más se parece al modo de mirar el mundo que tenemos las personas. Y cuando alguien se para en un detalle, cuando su mirada lo acrecienta para verlo mejor, siempre es porque eso significa algo, algo especial, porque ese detalle está cargado de sentido, de alguna manera, para quien lo mira. Es decir, que me gusta mucho hacer estas asociaciones porque así pienso que se entiende mejor todo, y porque debe quedar claro siempre que cuando algo marcha bien es por una razón lógica, no por casualidad; que cuando un texto engancha y emociona a algún lector experimentado es porque está trabajado a fondo, porque su autor tiene oficio, y no porque sí simplemente. Nada es porque sí.
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¿Qué opinas de los concursos literarios? ¿Y del afán de publicar? |
Me parece bien que un autor se presente a concursos si es capaz de utilizar eso como algo beneficioso, independientemente de si los gana o no. Si se utilizan para ponerse metas, para revisar los textos y mejorarlos todo lo posible, y además marcar plazos de terminación. Esto es muy importante para un escritor: tener objetivos y marcarse plazos para cumplirlos. Porque la disciplina es algo muy difícil de conseguir en este oficio, sobre todo si uno se gana el pan (como nos pasa a casi todos) haciendo otros trabajos, por mucho que estén cerca de la escritura (o de otros escritores). Escribir exige, cada vez, un tránsito largo de silencio y de soledad; y salir del tiempo normal para entrar en otro, trabajar en ese mundo aparte, romper los límites de siempre… Recoger ideas es algo que puede hacerse en cualquier momento, y eso es muy bueno: llevar una libreta donde anotarlas es un buen hábito que los profesores de talleres siempre recomendamos. Pero escribirlas, darles forma de verdad, y sobre todo encajar las piezas y revisar a fondo, requiere tiempo y trabajo serio.
Todo esto lo digo porque yo creo que los concursos pueden cumplir una función importante, y que además son un buen modo de darse a conocer; pero no deberían ser el objetivo, sino sólo el medio (como mucho, el medio en alguna fase de la evolución personal del autor). Yo misma alguna vez los utilicé para animarme a continuar escribiendo, hace algunos años… Necesitaba saber que a otros les gustaba lo que yo escribía. No es que ya no lo necesite, pero cada vez me hace menos falta eso y más otras cosas. Y yo diría que es buena señal: señal de progreso.
En general, todo autor que escribe desea publicar, y ese deseo es lícito. Todos lo tenemos, en alguna medida. Pero pienso que sólo se puede mejorar (en esto como en todo) si la evolución del escritor le lleva a querer cada vez más escribir y menos lo demás, o sea, sin importar si eso se publicará o no: tomando distancia para respirar, para crear de manera libre, para hacer lo que uno quiere hacer sin sometimientos, sin la presión del mercado, sin el agobio de si va a publicarse, a venderse, a gustarle a muchísima gente o a muy poca… Quien de verdad escribe, quien lo hace de corazón y disfruta de ello, lo hace para muy pocos lectores: pensando en ese lector ideal que puede sentirse tocado por dentro al mínimo roce de las pocas palabras que de verdad importan. Los demás lectores llegan cuando algo es bueno; llegan por añadidura, siempre, aunque a veces lo hagan en un tiempo distinto. Suele decirse que los genios se adelantan a su tiempo. Por eso muchos de los buenos escritores son reconocidos después; y es que es difícil comunicarse de verdad, en lo más profundo, con otras personas, y hacerlo bien. Y mantener la independencia y la dignidad es también complicado (en el mercado tenemos infinidad de ejemplos).
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¿Cómo compaginas la labor como profesor con tus propias creaciones? |
Tengo muy poco tiempo libre, y es que siempre he compaginado la docencia con otras tareas relacionadas (la elaboración de materiales, la atención a las mil cosas relacionadas con la organización de los cursos…). Pero me esfuerzo por avanzar en varios frentes al mismo tiempo, como la vida exige, y actualmente estoy escribiendo una novela corta que, la verdad, es un proyecto muy importante para mí. Estoy, últimamente, más disciplinada con la escritura, y es que escribir algo que a uno le interesa de verdad pienso que es una de las claves. Se lo decía hace un par de días a una amiga que es también una antigua alumna del curso de Novela: persistir en la escritura de una narración larga, de una novela (aunque sea una novela corta) sólo es razonable, y hasta diría que sólo es posible, si lo que estás escribiendo te apasiona de verdad; si, además de controlar las técnicas y los recursos y de tener un cierto rodaje de escritura, realmente te implicas en algo que ya formaba parte de ti, en una historia que, en lo esencial, te interesa muchísimo. De otro modo, mantenerse es tremendamente complicado, con lo mucho que la escritura exige dar.
También es que yo pienso que quien escribe debe cumplir con ese deber que se le impone, de alguna manera, porque hacerlo es una necesidad interior. Escribir es comprometerse, no quedarse nunca en el mismo sitio, hacerse preguntas, aceptar el vértigo de los cambios, trabajar constantemente con la palabra desde la mirada. Y tiene consecuencias importantes en la forma de ser de las personas. O sea: si se elige escribir, entonces es necesario hacerlo; y no hacerlo es frustrante, duele, provoca malestar... Esto sucede más cuanto mayor es el hábito, desde luego; pero sucede en todo caso, incluso cuando el hábito no lo tenemos y ése, precisamente, es el problema. Esto me recuerda a algo que dijo Rilke en sus Cartas a un joven poeta; más o menos, venía a decir que en realidad uno debe escribir solo si no puede vivir sin hacerlo. Tal vez es algo exagerado, dicho así, pero esta idea pienso que está en el fondo de cualquier pasión verdadera; y eso es muy importante, aunque no siempre vayamos a dedicarle nuestra vida a ello. Nosotros trabajamos con personas capaces de apasionarse con la escritura en su tiempo libre, mientras que en su trabajo son gente perfectamente normal (o que da el pego, al menos). O sea, que esto puede suceder, y de hecho sucede a cada momento.
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¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué? ¿Qué libro estás leyendo en la actualidad? |
Estoy leyéndome Los hermanos Karamazov, que, como todo lo escrito por Dovstoievski, es una maravilla.
No puedo elegir a un único escritor como favorito, pero, si hago un esfuerzo muy grande, puedo arreglarme para destacar sólo a Onetti, Rulfo, Faulkner, Kafka y Cortázar.
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Dicen que a ti los personajes que te gustan son algo raros… Kafkianos, por ejemplo, precisamente. ¿Tú crees que tienen algún encanto especial los desheredados? |
No sé muy bien por qué, pero es cierto que siempre me han interesado los que sufren. Y reconozco que siempre me ha tirado bastante lo trágico… Ya me pasaba de jovencita, cuando incluso estuve trabajando algún tiempo como voluntaria en algunos poblados marginales, como ayudante de una trabajadora social. Aunque mi idea era cambiar aquello; y sigue siéndolo, la verdad. El caso es que yo creo que se puede querer escribir incluso con el objetivo disparatado de cambiar el mundo; se puede y yo diría que se debe: por pedir, no nos debe quedar, y desde luego que es mejor pasarse que quedarse corto ;-)).
En serio, y por profundizar un momento en el tema, diré que tengo el convencimiento de que desde el sufrimiento se aprende mucho, de que es en las crisis cuando se mejora, cuando uno se cuestiona las cosas, cambia y crece. No creo que se pueda mejorar en momentos de estabilidad, cuando uno está bien, cómodamente instalado en el mundo, diciendo que sí a todo y haciendo la vista gorda. Sin embargo, creo que estos momentos de estabilidad y calma son también necesarios para expresar lo mejor que uno puede llevar dentro. Desde el dolor se crece, y desde la tranquilidad se comparte, se puede establecer una comunicación generosa, se puede dar; y se puede escribir. En resumen, yo diría que me gusta el avance, el progreso, el movimiento: no los personajes que siempre están mal, siempre, y que ahí se quedan, enfurruñados dentro de sí mismos, inservibles, tristes y anquilosados; me gustan los que sufren pero también pelean, buscan, aprenden a remontar su espanto y son capaces de elevarse por encima de sí mismos; los personajes fuertes y valientes, desheredados pero inolvidables. Tipo ese mismo que estás pensando, aunque no necesariamente locos.
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¿Qué opinas de los alumnos que dicen que quieren ser escritores? |
Pues la verdad es que les comprendo perfectamente… Aunque ese modo de decirlo, "quiero ser escritor", me lo suelo tomar un poco a broma; y es que yo creo que hay que desmitificar las cosas, tomar distancia también en esto para ver de verdad qué son, qué significan y cómo manejarlas.
En los talleres, insistimos siempre en que para ser que para ser escritor lo que hace falta es escribir, escribir y escribir. Lo de la fama es otra cosa, aunque muchas de las personas que dicen que quieren ser escritoras quieren decir, en realidad, que quieren ser famosas. Y lo pasan fatal, claro, porque el camino es diferente según cada objetivo que nos marquemos.
Por otro lado, aquí, en la Escuela, muchos de nosotros queremos ser y somos escritores y escritoras, y ya he dicho antes que somos gente estupendísima (me incluyo ;-)). En fin, bromeo un poco con este asunto pero no con la dignidad del oficio, eso nunca, sino con los equívocos que provoca. Y bueno, por último diré que además es que pienso que la escritura (la escritura de verdad) nos hace mejores. Quiero decir que cuando uno se sitúa en la escritura tomándola como un oficio, lo que hace es cuidar esos dones que uno puede tener (el de la palabra exacta, el de la emotividad, el de la empatía, el de saber seleccionar lo importante y contar historias…); lo que hace es fomentarlos y acrecentarlos. Y todo son ventajas, entonces, porque las facetas que mejoramos son las más importantes, o al menos eso me parece a mí. Por eso creo que escribir es bueno por sí mismo, independientemente de los resultados. De modo que el trabajo siempre vale la pena, y más si todavía no es perfecto y hay que seguir, porque eso es progresar, moverse, no anquilosarse y seguir creciendo.
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| Publicaciones en papel de Ángeles Lorenzo Vime |
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Ocho profesores de escritura creativa de la Escuela nos muestran, transformados en cuentos, sus proyectos personales como escritores. El prólogo es de María Tena, y la fotografía de Rafa Turnes. |
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Título: Balas perdidas (Antología de nuevos narradores)
Autores: Ignacio Ayerbe, Alfredo Caminos, Isabel Cañelles, Ángeles Lorenzo, Jesús Pérez, Daniel Saavedra, Javier Sagarna y Mariana Torres.
ISBN: 84-934056-8-X
Características: 248 pág. 21x14 cm
Precio de venta: 15 €
Editado por: Adamar Ediciones
Fecha: junio, 2005
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| Sinopsis Ángeles Lorenzo tiene un mundo propio donde conviven extraños trenes, gatos como niños que se
ahogan en pozos, cubos donde los personajes se refugian, agua que sale de las fuentes para sellar matrimonios
inconvenientes y rosas que florecen en las moquetas de los hoteles. Una extrañeza en la que también
nos vemos reflejados como Narciso en el estanque. |
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| Premios literarios de Ángeles Lorenzo Vime |
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 2004: Finalista del Concurso de Relatos breves "Ana María Matute" |
 2003: Finalista del concurso de Relatos "Voces del Chamamé" |
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