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Descubrir a J. M. Coetzee es para un aficionado a la literatura, a la buena literatura, como encontrar un trébol de cuatro hojas. El premio nobel sudafricano tiene una forma de narrar que, en su sencillez, abarca una profundidad al alcance de pocos escritores actuales. 'Desgracia' es una de esas novelas en las que se aprecia con mayor nitidez la soledad a la que está condenado el ser humano. Soledad y vacío en un país, Sudáfrica, que abruma al protagonista y a la vez le ata a sus raíces. La novela parte de un hecho nada extraordinario, la atracción física de un divorciado profesor maduro por una joven alumna, y desemboca en una honda reflexión sobre el amor, el desengaño, la violencia, el apego a las raíces y, sobre todo, el conocimiento de uno mismo a través de los acontecimientos que va marcando la existencia diaria.
Coetzee narra en 'Desgracia' una historia dura, real y para nada artificiosa. Como la vida misma. Este sudafricano, poco dado a las entrevistas o a que su fotografía aparezca en los suplementos literarios de los principales periódicos mundiales, ha ganado con justicia el Premio Nobel. No hace concesiones a la hora de escribir, pero tampoco utiliza un lenguaje rebuscado o difícilmente comprensible.
'Desgracia' es un ejemplo de lo que debe ser una buena novela: tiene argumento, la historia es sólida y los personajes están magníficamente descritos. Y eso es de agradecer.
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