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Aunque "las investigaciones nunca tienen éxito entre los zulús", Lazare Mayélé, afincado en
EEUU, decide regresar a la imaginaria República del Mossika para averiguar las enigmáticas
circunstancias de la muerte de su padre. Mossika es el Congo, y la novela una excusa,
un modo de retratar la sociedad congoleña con los ojos de Lopes —que llegó a ser primer ministro
junto al presidente Mobutu de 1973 a 1975— mirando por las pupilas de Mayélé.
La indagación de Lazare se convierte en un encuentro con el pasado de Lopes,
e ilumina el futuro para toda una sociedad.
Lopes no es un literato. Es un periodista que, escribiendo como tal, gana premios literarios.
El estilo de Lopes en Caso cerrado es lineal, sin repechos ni descensos. No analiza la realidad,
informa de ella; no interpreta los hechos, los describe. Y de este modo el relato avanza demasiado
rápido. Quizá, un poco de calma y el detenerse a observar el paisaje hubieran proporcionado al texto
mayor hondura. Se echa en falta la metáfora —tan típicamente africana— basada en inmemoriales
leyendas, así como una más profunda delimitación de ciertos personajes cuya presencia surge y
se desvanece difuminada.
Henri Lopes ofrece una imagen de Africa en la que "el poder de la sangre empuja a regresar",
sangre que es ajuste de cuentas, derribo. La sociedad se arraiga en una religión con tendencias
animistas —"imágenes sagradas clavadas con chinchetas en la pared, crucifijos atravesados en
diagonal por ramas de palmera"— y las tradiciones y antiguos valores africanos se han
transformado en bigamia, promiscuidad y corrupción. Por las calles de cualquier ciudad congoleña
el parasitismo social es moneda de uso corriente, y asombra observar el trabajo de la mujer y la
holgazanería del hombre.
En las últimas páginas de la novela queda apuntado un rayo de esperanza personificado en la
doctora Antoinette Polélé. La médico considera que "detenernos por algún tiempo y construirnos",
pedir perdón, calmar los arrebatos o trazar sólidamente un enchiridión vital universal son algunos
de los medios que los africanos han de poner en práctica para que no todo se desmorone.
Con interés, con dedicación, con un ojo en el propio país y otro fuera de las fronteras, mezclando
las viejas tejas con innovadores materiales de cimentación, África debe restaurarse.
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