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Antes de empezar un libro, acostumbro a buscar indicios en la cubierta. Con el de Eloy me detuve en la pistola que aplasta (más con su presencia que con el posible peso) las diez fotografías de la portada. A modo de nexos desperdigados, ocho balas subordinadas al resto de la composición. Todo ello sobre un fondo azul color tormenta. Entiendo la portada como metáfora visual, anticipando el peso que la presencia del inspector Moya tendrá sobre la vida sepia del fotógrafo.
La de Eloy es una novela que combina tragicomedia con sadomasoquismo, belenes y beatas con prostitución y burdeles de baratillo, personalidades resecas como nuestra llanura con momentos de emotiva bondad humana entre vidas de cubo de basura. Aunque tal vez no de este modo ni en este orden.
Dos ritmos muy bien medidos te impulsan a la siguiente hoja, y a la otra, y de ahí a la siguiente... el de la trama y el de la voz narradora que, en ocasiones, recuerda el movimiento de las manecillas de un reloj cuando se pone en hora: un poco adelante, un poco atrás, en torno al momento preciso donde detenernos. Así te llevan la voz del autor y de los personajes entre los hechos. Sucesos que no debes esforzarte en ver; basta con abrir un poco el ojo. El simple hecho de mirar, a pesar de un vertiginoso ritmo lector, te permite habitar el espacio descrito. Olerás el incienso que trae pegado a la ropa el canónigo de la catedral de Sigüenza, el ambiente cargado de los burdeles o el olor de la piel de Gladis. Notarás el áspero sabor del tabaco negro, el oleico de las sardinas o el dulzón de la sangre reciente. Una novela con ásperos paisajes humanos, olores diversos y sabores de intensidad variable.
Entre las hojas bisiestas de El fotógrafo que hacía belenes, habitan personajes singulares, peculiares y, sin embargo, cálidos y cercanos. Tan próximos como un aliento sobre el oído que en ocasiones llegarás a sentir. Bien por Eloy, bien por sus personajes (y recomiendo en este punto la doble lectura de la palabra "bien"; como fuente del aliento mencionado y como afirmación satisfecha). Personajes cerca de lo maldito (por ser benevolentes), cada uno con su cruz y milagro. Milagro que, si bien les evita la situación de perdedores, no los salva de la condición de derrotados.
No podemos considerar personajes sólo a los explícitos. Las atmósferas, los espacios urbanos reconocibles, los objetos y características de los protagonistas, sus pensamientos y expresiones, parecen querer voz propia independiente. El hilo narrador, en definitiva, con sus peripecias, tragedias y carcajadas, toma cuerpo entre las páginas y, lejos de justificar los sucesos o llevar de la mano entre ellos a los personajes, parece empujarlos con mesura hacia ese paso adelante que nos trasporta entre un suceso y el siguiente o anterior. La voz del autor abrazada a las venturas o desdichas de sus criaturas. Inspector Facundo Moya (curtido en mil andanzas, de mano fácil y actitud cruda; te sorprenderá y hará reír, aún entre sollozos), Gladys (la mujer moldeada por el fotógrafo con la materia de sus fantasías, las circunstancias del momento y los retazos del pasado de ella), el fotógrafo (un hombre sepia como sus fotos, atrapado entre las derrotas pasadas y las venideras, susceptible de victorias progresivas determinantes para su vida presente y futura), el canónigo de Sigüenza, un misterioso profesor, dos motoristas argentinos rebozados en cuero negro, bellas mujeres expertas en las más variadas artes de gozo o suplicio, una beata con momentos de éxtasis, fotografías de niños muertos en brazos de sus padres, perversión, sexo, amor, intriga? ¿Cómo hacer de todo ello una novela arriesgada, interesante, divertida? Con el criterio lúcido y el lenguaje certero que Eloy desarrolla en su novela El fotógrafo que hacía belenes.
Es complicado encontrar puntos débiles en la novela de Eloy. Habrá quien opine que un inspector de policía, una prostituta y un personaje sepia ?el fotógrafo- constituyen una triada de protagonistas si no habituales al menos ya tratados. Sin embargo Eloy supera este escollo haciendo de ellos particulares con singularidades propias y, al tiempo, reconocibles, lo que les otorga cercanía. Habrá quien opine que la sucesión de hechos presente en la novela constituye un cúmulo de azares cuya estructura pudiera tener mayor solidez y, sin embargo, la trama delirante, este realismo hiperbólico de ciénaga urbana que sorprende a la vuelta de cada página transformada en esquina de calles de barrio, esta sinrazón de hechos, digo, supone uno de los principales atractivos de la novela. Habrá también quien opine que ciertas soluciones en el último tramo de la novela poseen algo de recurso forzado o inconexo cuando, en realidad, concuerdan con la atmósfera de delirio que envuelve a los personajes, una atmósfera que refleja un mal sueño, una pesadilla en la que sus protagonistas escapan constantemente por los pelos asistidos por esas fuerzas del azar que, como dijimos antes, les evita la situación de perdedores pero no los salva de la condición de derrotados.
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