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Si tengo que definir la historia del Síndrome de Mozart, diré que ¡preciosa!, pero sin confundirla con bonita, con lo bonito, lo superficial, el brillo de las cosas de la sociedad occidental, la nuestra. Es una historia íntima, que me ha dejado huella, paz y a pesar de no tener conocimientos musicales, he vibrado con la música y el amor. ¡Con lo poco que pide el amor!
Y así lo expresa la madre de Tomi, cuando habla con Irene (la protagonista del libro que se hace amiga de Tomi): "Nadie me ha querido tanto... Yo sé como son otros hijos con sus padres. Tomás no. Me quiere, me cuida, no pasa un día sin que me coja de la mano y me pregunte como estoy, si necesito algo... A veces me parece que es él el que cuida de mí, y no al revés..."
Irene, la protagonista, va de vacaciones con sus padres a Asturias. El padre es neurólogo y quiere estudiar a un joven, llamado Tomás, con síndrome de Williams, y compararlo con Mozart para poder demostrar que el músico tenía esta enfermedad, para ello se vale de Irene, que tiene más o menos la misma edad que Tomi, y estudia música, más por imposición que por placer. Através de la música Irene atrae a Tomi y este demuestra tener un oído absoluto. Tomi es un chico especial, y asi nos lo dice Irene: "Tratando de mirarle a los ojos. Eran diferentes a todos los que había visto antes. Tenían pequeñas estrellas en el iris, dos pequeñas constelaciones que parecían expandirse desde las pupilas. Hubiera besado sus párpados para sentir debajo de sus labios la vibración de las estrellas".
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