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Dice el autor en su presentación que ha pretendido recoger el testimonio de un puñado de personas de la Murcia rural, que toman la palabra desde sus mundos alejados de las grandes ciudades o poblaciones. Son mundos en permanente contacto él dice que íntimo con los animales y con la naturaleza, en el perímetro de la Región. Y en esa Murcia perimetral nos muestra que poco tiene que ver con lo que define como "murcianismo artificioso".
Pasearemos por Sierra Seca, Los Odres, Reverte, sierras de Villafuerte, caminaremos desde Inazares al Calar de la Santa, o de las Casas del Chicamo a Abanilla, bajo el peso de la doblegadora mochila, conociendo a Juan López, a Antonio, a Ana, a Pedro Clemente y a otros personajes que al seguidor de Moyano le traerán recuerdos de su galería o de sus guías, tan lejanos del ruido de nuestro mundo, a este lado de ese espejo mágico que contienen cada uno de los dibujos de Juan Navarro, admirables en el libro y en la portada. Y nos veremos, al final, como el propio autor, convertidos en personajes, bebiendo ese vino que sabe a pueblo, y quedándonos dormidos, con la cabeza sobre el pecho, disfrutando de los ecos de unas voces que se van, que se van.
Una lectura grata, amena, escuchando voces que nos van acompañando mientras quedan guardados ¿para la eternidad? unos hombres y mujeres, unas vivencias, unos paisajes claramente en vías de extinción, como ese último lobo, ya sea el de Sapillo o el de Periago, que nos interroga desde la portada. Y, aunque no es la pretensión de Moyano, sobrevivirán merced a su labor de etnólogo que me permitiré interrogar, ¿aficionado?
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