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Digamos que tras releer "El Principito", me hice un tatuaje con su hermosa estampa de niño-hombre sobre mi omoplato izquierdo para nunca olvidarme de lo que me es más importante: la amistad.
"Domestícame, dame un poco de tu confianza cada día y no te excedas, porque si me das demasiada quizás retroceda. Quiéreme lo suficiente, no me digas que tú también me quieres, sino que me quieres y cerca, pero respetando mis espacios. Domestícame, ven siempre a la misma hora, así me puedo alegrar una hora antes; contrario a lo que todos pensamos o esperamos, la rutina puede ser también maravillosa, la costumbre de verte, porque el color de tu pelo me recuerda a algo, el olor de tu cuello, la forma en que se mueven tus pies o la fuerza con la que tus manos se aferran a las cosas o visceversa, el calibre perfecto de tu abrazo, todo me da nostalgia de tí, porque te pienso y te sé único, para este mundo y para mí. En mi planeta tú existes y no como su satélite, sino como otro planeta que lo acompaña, con farolero incluido."
La Rosa, Caprichosa. Sí, tiene espinas, quiere todo el sol para ella y toda la lluvia, pero se queda con El Principito y él con ella, costumbre... rutina... paciencia... amistad, comunicación y respeto también, las bases del amor, al fin y al cabo.
El baobab, eterno invasor. Que crece adueñándose del planeta bienamado de El Principito, su hogar, su patria, su terruño, pero que también mantiene el equilibrio, quizás se trate de un lado enfermizo que todos tenemos dentro y que a veces echa raíces demasiado profundo en nuestro corazón, ahí está, como parte de nuestra naturaleza, inherente a nuestra existencia, creciendo en paralelo a nuestros sueños, pero que nos hace recordar siempre que debemos luchar y que cada gota de agua forma el mar.
Qué distinto es leer El Principito en el colegio a los 15 y luego, digamos, hacerlo a los 21 y luego a los 30... al comienzo no se entiende mucho, pero mientras crecemos en experiencia y golpes, cuánta nostalgia, cuánta sensación de que todo lo que fue ya no será más. La ausencia del amigo duele y pesa, pero tampoco le escribimos que lo queremos y extrañamos. La ausencia de nuestras vidas también fastidia, en algún momento hemos perdido hasta el último resquicio de inocencia y un atardecer nos mantiene inconmovibles o maldecimos de la lluvia a media tarde o del hueco en la media o del café enfriado.
El Principito es como un pequeño ángel que viene a recordarnos que la soledad no es del todo mala. Que cuando mantenemos a nuestro niño interior vivo, es cuando más crecemos. Que amar, sin miedos, entregándolo todo, en su justo espacio y tiempo, alivia corazones, redime, acorta distancias, borra fronteras, empapa desiertos, hace dormir a faroleros y repara bimotores varados en el Sahara.
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