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El Malcolm transitaba sobre las aguas taciturnas del mar. En su interior, los personajes emanaban aventuras y desventuras. Persio explicaba, desde sus soliloquios, el contínuo deletrear de sus pensamientos. Interlocutor entre la literatura novelesca escrita y la vida de un personaje "cualquiera", que se había convertido en conciencia. Persio imaginaba realidades desconocidas por los demás pasajeros.
Leones. Tigres. Monos. Animales feroces, libres, a sus anchas. López aferraba sus juegos a un Jamaica Jones. Resbalando sus manos por el cabello rojo de Paula. Conversaba entre miradas y frases lejanas. Lucio y Nora huían a un mundo inventado solo para ser posible en el Malcolm. Felipe atisbaba su juego sexual. Almohada. Cuerpo. Convulsión. "La boca (que) muerde en la tela insípida y tíbia". Extasis. Orgasmo consigo mismo.
El verdadero premio, sin embargo, era ir mas allá de las aguas montados en el Malcolm. Era soñar. Imaginar. Vivir. Ser lo que se desea. Quitarse el velo y explorar los confines internos. Solo posibles en el silencio. La creación. La literatura.
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