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Augusto Monterroso: el varón que tiene corazón de liz.
Augusto Monterroso es uno de esos escritores que nos hacen trascender los límites de lo posible. La brevedad de sus relatos es capaz de condensar miles de ideas, expuestas en varios puntos bien cruciales. Fantasía. Inesperados sucesos. Semejan oportunidades. Inquietudes. Trazos absolutamente palpables. Clara impresión de estar allí, en el momento preciso, también como personaje activo. Jamás omnipresente.
Sinfonía Concluida y otros cuentos nos abre las puertas hacia el comienzo de un paseo por las letras, topándonos de pronto con un mundo cierto. Posible. Existente. Perfecto. El recital de poesía ante un público distante y despreocupado (Primera Dama). La obsesiva inexistencia ganar-ganar del reductor de cabezas, que decide reducir la suya para quedar bien con el negocio familiar (Mister Taylor). El hallazgo del manuscrito terminado de la sinfonía inacabada de Schubert, y su consecuente desaparición bajo previo consenso de sus dueños (Sinfonía Concluida). Kant perdido en la ciudad (La Cena). La fatiga intelectual de un escritor sin talento (Leopoldo. Sus trabajos). Diógenes muerto por la salvaje demencia del alcohol y la inconciencia (Diógenes también). "Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea" (Fecundidad). Son solo pautas. Puntos luminosos que nos acercan irremediable e inevitablemente al mundo monterrosiano.
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